“Sentí ganas de llorar al ver tanta esperanza en un pueblo tan sufrido”

Ciudad Juárez es un cementerio de esperanza.

En esta tierra con olor a sangre también se percibe el sabor de la alegría. Ni siquiera las casi 27.000 despariciones registradas en esta ciudad han podido marchitar las ganas de vivir de los juarenses. Es una tierra de fe en medio del exterminio.

El papa Francisco la comparó con Nínive, la gran ciudad que se estaba autodestruyendo fruto de la opresión y la degradación, de la violencia y de la injusticia, y a la que Dios le dio un ultimátum de 40 días antes de ser destruida, pero primero envió al profeta Jonás para que evidenciara lo que estaba sucediendo. Lo envió “a despertar un pueblo de sí mismo”.

Este miércoles Francisco fue como Jonás, y delante de más de 200.000 fieles que llegaron desde ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos a participar en una misa multitudinaria, evidenció las desapariciones, el narcotráfico, la pobreza, la violencia, la “crisis humanitaria” de la migración, y la corrupción rampante,

“Esclavizados, secuestrados, extorsionados, muchos hermanos nuestros son fruto del negocio de tráfico humano”, dijo al referirse a la trata de personas. “¡Y qué decir de tantas mujeres a quienes les han arrebatado injustamente la vida!”.

Era parte del mensaje que las víctimas y familiares de esa “tragedia humana” querían escuchar. “Es un problema muy serio hablar de 27.000 personas desaparecidas en un país. Yo creo que en ningún lugar del mundo se da lo que se está dando en México… Es un cementerio, está lleno de fosas”, dijo el sacerdote Óscar Enriquez.

El papa se sumó a la causa de los afligidos que buscan verdad, que quieren saber qué sucedió con sus hijos, que buscan justicia y sanción a los responsables. “Frente a tantos vacíos legales, se tiende una red que atrapa y destruye siempre a los más pobres. No solo sufren la pobreza, sino que además tienen que sufrir todas estas formas de violencia”, dijo.

Le duele que esta “injusticia” se radicalice en los jóvenes, convertidos en “carne de cañón”, perseguidos y amenazados cuando tratan de salir de la espiral de violencia y del infierno de las drogas.

Antes de la histórica eucaristía, que también fue seguida en vivo a través de pantallas en ambos lados de la frontera, Francisco tuvo un gesto simbólico cuando fue a orar frente al Río Bravo, afluente que separa a México de Estados Unidos y donde cientos de migrantes mueren intentando alcanzar un mejor destino. Se acercó a la gigantesca “Cruz del Migrante”, colocó flores como ofrenda a los migrantes y bendijo a las cientos de personas que lo veían del lado estadounidense.

“Gracias a la ayuda de la tecnología podemos orar, cantar y celebrar juntos ese amor misericordioso que el Señor nos da y que ninguna frontera podrá impedirnos compartir”, dijo el pontífice en referencia al evento transfronterizo. “Gracias hermanos y hermanas de El Paso por hacernos sentir una misma familia y una misma comunidad cristiana”.

En El Punto, donde se ofició la misa había hambre, sed, dolor, cansancio… las necesidades se apoderaron de muchos en esta tierra de escasez horas antes de la llegada del papa. Mujeres vomitando, ancianas desfallecidas, hombres deshidratados. Pero pudieron más el júbilo, el amor, la fe. “Ya casi amigo, ya casi llega ‘Panchito’”, coreaban.

“Tenemos esa esperanza de llevar más esperanza a nuestra vida. Nos sentimos con mucha fe de estar aquí, venimos a pedirle al papa una bendición muy enorme para que nos dé la fuerza necesaria para seguir adelante”, dijo Tania Elizabeth Gonzalez Vaya, quien busca a su esposo, Felipe de Jesús Pérez García, desaparecido hace tres años en Reynosa, Tamaulipas.

Valió la pena.

El papa llegó a Juárez, a Chiapas, a todo México cargado de ilusiones. Contagió y pudo contagiarse de la fe de los que sufren, de los que lloran. La fe de los pobres, de los indígenas, de las víctimas. En esta tierra que, como Nínive, pareciera haberse acostumbrado de tal manera a la degradación hasta perder la sensibilidad ante el dolor, Francisco se sintió acogido y percibió el cariño de la gran familia mexicana. Agradeció a hombres y mujeres “anónimos” que desde el silencio dieron lo mejor de sí para que estos días fueran un encuentro de esperanza.

“La noche nos puede parecer enorme y muy oscura, pero en estos días he podido constatar que en este pueblo existen muchas luces que anuncian la esperanza; muchos hombres y mujeres, con su esfuerzo de cada día, hacen posible que esta sociedad mexicana no se quede a oscuras”, dijo al despedirse. “Les aseguro que por ahí en algún momento sentía como ganas de llorar al ver tanta esperanza en un pueblo tan sufrido”.

Juárez es una ciudad muy adolorida, muy sufrida… que se ha estado autodestruyendo. Francisco lo sabe. Por ello, como Jonás a Nínive, quiso visitar la que fuera catalogada durante años la ciudad más violenta del mundo, para ayudar a ver, a tomar conciencia, para ayudar a comprender que “con esa manera de tratarse, regularse, organizarse, lo único que están generando es muerte y destrucción, sufrimiento y opresión”. Apeló a la bondad de cada persona, aunque esté dormida, anestesiada. E invitó a todos a una transformación desde adentro.

“Sabiendo que el eje de la misericordia ha marcado su pontificado, esta visita del papa, el acercarse y tocar el dolor de los que sufren trae una esperanza muy fuerte”, dijo el padre Enríquez.

Francisco llamó al arrepentimiento e invocó a los hombres y mujeres capaces de llorar. Llorar por la injusticia, llorar por la degradación, llorar por la opresión. “Son las lágrimas las que logran sensibilizar la mirada y la actitud endurecida y especialmente adormecida ante el sufrimiento ajeno. Son las lágrimas las que pueden generar una ruptura capaz de abrirnos a la conversión”.

Se sumó a la causa de los que sufren para pedir con los juarenses y todos los mexicanos el don de las lágrimas, el don de la conversión… tener el corazón abierto, como los ninivitas. “¡No más muerte ni explotación! Siempre hay tiempo de cambiar, siempre hay una salida, siempre hay una oportunidad…”.

Juárez lo sabe. De ahí que en medio de sus campos de muerte florezca la vida.

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