Los rugidos de ‘Pantera Negra’ despiertan al universo de Marvel

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Pantera Negra crea maravillas técnicas con gran estilo y logra formar parte de un mito, algo cada vez más raro en las películas actuales. La mayoría de las grandes producciones cinematográficas ofrece una experiencia alegre que suele terminar en la misma historia de siempre, se trata de tramas que solo buscan ampliar la franquicia. Pero eso no pasa en esta película.

Su punto de partida es la fantástica nación de Wakanda, un edén africano que también es el legendario El Dorado donde los verdes paisajes agrestes se encuentran con el cielo azul de la ciencia ficción. Es una tierra donde las naves espaciales —con trenes de aterrizaje parecidos a máscaras tribales— se elevan sobre cascadas majestuosas mientras se desarrolla una historia que va mucho más allá de lo que dicta una franquicia o marca.

Wakanda es el hogar de la Pantera Negra, el alias de T’Challa (personaje interpretado por Chadwick Boseman), el más reciente héroe de Marvel que salta de las páginas de los cómics a su propia película. Creado en 1966 por Stan Lee y Jack Kirby, Pantera Negra —un héroe felino que usa un traje ceñido con garras y orejas— debutó junto a Los 4 Fantásticos en una aventura situada en Wakanda, un fabuloso lugar que funciona gracias al poder del vibranium, un misterioso metal.

Fue un inicio emocionante (además de ser muy oportuno porque el grupo revolucionario estadounidense del mismo nombre se formó oficialmente ese año) y al final de su primera aventura, los fantásticos le aseguraron a T’Challa que “no existen razones para que la carrera de Pantera Negra llegue a su fin”.

En las décadas posteriores, Pantera Negra ha experimentado diversas alteraciones de vestuario y aventuras en los cómics, algunos con la dirección del cineasta Reginald Hudlin y, más recientemente, con la participación del escritor Ta-Nehisi Coates. Para dirigir el primer filme de la pantera, Marvel escogió a Ryan Coogler, quien con Creed actualizó la serie de Rocky al crear un campeón de boxeo negro que fue interpretado por Michael B. Jordan.

Para Pantera Negra, Coogler volvió a trabajar con Jordan y otros miembros de sus equipos anteriores como Rachel Morrison, directora de fotografía en su ópera prima, Fruitvale Station. La continuidad de sus colaboradores quizá pueda explicar la intimidad y fluidez de esta película.

Como pasa con todas las aventuras fílmicas de Marvel, la historia tiene muchas partes y momentos, pero el resultado final se sale del registro ya tradicional de los superhéroes extremadamente ocupados en salvar al mundo con tramas triviales. Escrita por Coogler y Joe Robert Cole, Pantera Negra cuenta la historia de T’Challa hasta el presente —con algunas miradas hacia el pasado y las futuras posibilidades del personaje— mientras hace concesiones para la aparición de otros guerreros del Universo Cinemático de Marvel (Pantera Negra ya apareció en la película gris Capitán América: Guerra Civil).

La película también establece con un toque quizá demasiado ligero a Wakanda como una monarquía militarista que, sin embargo, es justa y democrática. Inicialmente, la historia presenta a Ulysses Klaue, un villano caricaturesco algo típico interpretado por Andy Serkis (quien parece que se la pasó muy bien durante el rodaje). Todo empieza con este traficante de armas del inframundo, lleno de sarcasmo afrikáans y acompañado por una horda armada que incluye a Erik Killmonger (interpretado por Jordan). La maldad de esta banda atrae la atención de la Pantera Negra y de un hombre de leyes internacional, el amigable agente de la CIA encarnado por Martin Freeman, cuyo estatus de chico bueno blanco es un recordatorio de que esta producción mantiene algunos de los dudosos convencionalismos de Hollywood.

Por un tiempo, la trama y su protagonista van de aquí para allá, saltando de Wakanda a Busan, Corea del Sur, como si los cineastas estuvieran haciendo un remix de James Bond con un toque de las travesuras de Spider Man. Incluso vemos al héroe en un casino donde, poco tiempo después, estalla un tipo de caos coreográfico —con piernas y vestidos que giran por los aires– pero que logra despegar la trama. También está la inevitable persecución caótica que convierte a Busan en la ambientación de un videojuego y, lamentablemente, en un comercial de autos, una secuencia atroz que mejora un poco por el divertido hecho de que quien pone el pie sobre el acelerador es una mujer guerrera.

Toques como esos (así como una peluca que termina volando graciosamente y la aparición de rinocerontes rampantes) y Wakanda como telón de fondo dotan de cierto realismo a las escenas de acción, aunque las fortalezas de Coogler como director son más íntimas. Hay secuencias que llegan a conmover hasta las lágrimas por su tratamiento visual y por los diálogos, pero también por la sensibilidad que se despliega en pantalla. Coogler fue inteligente al escoger las historias que decidió resaltar por lo que —antes de que Serkis pueda robarse demasiadas escenas— el director centra su atención en Killmonger y dirige la película hacia otra dirección, alejándola del villano blanco que maltrata a las personas negras y se centra en cómo viven sus vidas los ciudadanos de esa tierra imaginaria.

Parte del placer de la película y de su ethos, que se manifiesta en toda la propuesta visual, es la forma en que prescinde de los convencionalismos tradicionales como el “o es esto o es aquello” y la forma binaria que moldea nuestro discurso sobre la raza.

La vida en Wakanda es urbana y rural, futurista y tradicional, tecnológica y mística; todo eso a la vez. Las naves espaciales se acercan a los altísimos edificios con techo de paja; un tren estacionario pasa sobre un mercado con cestas tejidas. En uno de los escenarios más llamativos, una sala del trono al aire libre está alineada horizontalmente con ramas de árboles, creando un patrón que difumina deliberadamente la brecha entre el mundo interior y el exterior, y que se repite en el diseño de la vestimenta y de otros elementos.

Ese rechazo de la división binaria es evidente en el personaje de Killmonger, cuya historia —con mucha carga emocional— le da más fricción y peso en términos de vida real que a cualquiera de las otras grandes producciones de Marvel. Como muchas aventuras del tipo, Pantera Negra recurre a un drama de padre e hijo –con un asesinato de por medio, un vacío de poder y un heredero que no está seguro de si aceptar el mando– y a una intriga de línea paterna llena de enfrentamientos y confrontamientos sobre las herencias, la identidad, la diáspora fuera de África, el nuevo mundo y el viejo mundo. Una parte de la trama particularmente conmovedora involucra al actor Sterling K. Brown, impresionantemente sensible y vibrantemente temeroso en su rol; en su aparición logra transmitir capítulos enteros de pesar.

Jordan también destaca: tiene una presencia increíblemente carismática que hasta te hace preguntarte cómo sería la película si él interpretara a la Pantera Negra. Boseman es magnético de una manera que te atrapa a fuego lento y su actuación es más contenida que la de Jordan, incluso más deliberada, aunque también tiene momentos llamativos y desenvueltos, sobre todo cuando hay combate mano a mano. (La lucha es muy popular en Wakanda: hay varios combates muy sexis con piel descubierta y músculos a la vista). Como otros wakandanos, la Pantera habla en un inglés con un toque sudafricano, un acento que evoca a Nelson Mandela y sugiere que T’Challa está cerca de asumir un rol como diplomático internacional.

Para la visión política de la película —y para la construcción del mito— es importante que el protagonista aparezca rodeado de una falange de mujeres, entre ellas un batallón de guerreras llamado Dora Milaje. No se trata de las chicas de bíceps duros y habilidades físicas que abundan en las películas pero que, al final, no son personajes reales. Por todos los problemas que tuvo con su padre, T’Challa está rodeado de mujeres que le ofrecen su apoyo maternal, militar, fraternal y científico. Una guerrera (Danai Gurira) comanda su ejército; su hermanita (la vivaz Letitia Wright) le proporciona artilugios y dispositivos tipo Bond. Angela Bassett encarna a su madre, mientras que Lupita Nyong’o, como espía, cobra un protagonismo especial que podría generar su propia película.

Llena de mujeres maravillosas y escenarios afrofuturistas, Wakanda en sí misma logra convertirse en la mayor fortaleza de la película: es su grito de guerra y define todo el espíritu del proyecto. Al principio, un hombre blanco la describe de forma displicente como “un país del tercer mundo: tejidos, pastores, vestimentas lindas”. Parte del chiste —que la película potencia de manera ingeniosa— es que Wakanda ciertamente encaja en ese perfil, con la salvedad de que sus pastores patrullan la frontera con magia tecnológica y de que sus textiles y trajes deslumbran por el vibranium. Además, como nunca fue conquistada, Wakanda no sufre los traumas históricos de gran parte del resto de África. Es un territorio libre de los estragos del colonialismo y el poscolonialismo.

La raza es muy importante en Pantera Negra, pero no en los términos maniqueos de buenos y malos, sino como un medio para explorar las grandes preocupaciones humanas sobre el pasado, el presente y los abusos del poder. Solo ese aspecto hace que, a diferencia de muchas películas convencionales, sea más reflexiva sobre cómo funciona el mundo, aunque esas ideas aparezcan entremezcladas con gran cantidad de elementos de los cómics.

No sería una producción de Marvel sin las peleas varoniles y los avatares digitales. Sin embargo, en su énfasis por mostrar la imaginación, creación y liberación de la raza negra, la película se convierte en el emblema de un pasado que fue negado y un futuro que se siente muy presente. Y, al hacerlo, abre su mundo y el nuestro de una manera bellísima.

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