La explosión del cohete Antares, un contratiempo en la estrategia de privatización de la NASA

El estallido, a los pocos segundos de despegar, del cohete estadounidense Antares de la empresa Orbital, bajo encargo de laNASA, aparca de momento el plan de ocho lanzamientos contratados para enviar suministros a la Estación Espacial Internacional (ISS). El que explotó el martes por la tarde (en la madrugada del miércoles en España) era el  tercero de esos ocho vuelos. “En cuanto a los siguientes pasos de Antares, no volveremos a volar hasta que comprendamos la causa de raíz [del accidente] y tomemos las medidas correctoras necesarias para asegurar que no vuelve a suceder; es demasiado pronto para poder decir cuánto tiempo se puede tardar”, declaró el vicepresidente ejecutivo de Orbital, Frank Culbertson, antiguo astronauta de la NASA, pocas horas después de la pérdida de su cohete. “Seguiremos el proceso debido, con profesionalidad y en profundidad… y puedo asegurarles que descubriremos qué ha fallado, lo corregiremos y volaremos de nuevo”.

La destrucción del cohete ha dirigido la mirada de los expertos hacia la estrategia de la NASA de ceder al sector privado, y financiándolo, no solo el envío de cargas a la ISS, sino también los vuelos con astronautas, estrategia que se ha concretado recientemente mediante contratos con otra empresa, SpaceX, para desarrollar una nave tripulada que podría volar dentro de tres o cuatro años, y con el gigante Boeing con similar objetivo. Esta estrategia pretende, según ha explicado la NASA, agilizar los programas espaciales, reducir costes e incentivar el sector industrial con nuevas áreas de actividad, pero no han faltado críticas cuestionando la eficacia de estos contratos y la reducción real de inversión que se logrará

El Antares, un cohete 40 metros de altura, con la nave automática de carga Cygnus que llevaba a la ISS 2.268 kilos de comida, repuestos y experimentos científicos, explotó a los pocos segundos de despegar desde la base de la NASA Wallops, en Virginia. Las pérdidas rondan los 200 millones de dólares. No hubo heridos, pero sí daños en las instalaciones y la agencia espacial ha alertado a la población de que le ha de ser entregado cualquier fragmento del vehículo espacial que, además, puede ser peligroso por los materiales y restos de combustible. “La tripulación de la ISS no corre riesgo que quedarse sin comida u otros suministros”, declaró después del accidente William Gerstenmaier, responsable en la agencia de vuelos tripulados. Los seis astronautas que ahora viven en la base orbital, además, recibieron ayer tres toneladas de avituallamiento que llegó a la base orbital en una nave rusa Progress lanzada sin contratiempos desde Kazajistán.

El cohete Antares que explotó incorporaba como novedad, respecto a los anteriores de la misma serie, un motor más potente en la segunda etapa. Pero los especialistas no han determinado aún dónde se produjo el fallo. Un periodista que estaba presenciando el lanzamiento a una distancia de uno pocos kilómetros explicó a Space.com lo que vio: “Cuando el vehículo estaba elevándose de la plataforma de lanzamiento se apreció una pluma de humo y fuego en el cohete mismo y justo cuando había superado la altura de la torre del depósito de agua, hubo una fractura claramente y falló la integridad de los propulsores. Entonces se desencadenó una tremenda bola de fuego seguida de una explosión muy fuerte, con las partes [del cohete] despedidas en todas las direcciones y el vehículo cayó de nuevo a la plataforma explotando en una bola de fuego aún mayor e incendiando toda la zona”.

Orbital tiene firmado un contrato con la NASA por 1.900 millones de dólares (1.490 millones de euros) para los ocho vuelos como el que ha fallado. Los dos primeros, en junio y en julio, se desarrollaron sin contratiempos, tras dos de prueba, en 2013, igualmente exitosos. “Aunque la NASA está disgustada por el hecho de que no haya sido satisfactoria la tercera misión de Orbital de avituallamiento de la ISS, continuaremos avanzando hacia el próximo intento cuando hayamos comprendido a fondo el fallo de hoy”, apuntó Gerstenmaier.

El contrato con Orbital se inscribe en la estrategia adoptada por la NASA en los últimos años de derivar hacia el sector privado actividades del programa tripulado que había controlado directamente durante décadas. En 2011, retiró definitivamente su flota de transbordadores espaciales y, desde entonces, sus astronautas tiene que ir y volver a la ISS en las naves rusas Soyuz, las únicas disponibles. En cuanto a las cargas, las naves automáticas Progress (también rusas) y las avanzadas ATV, de la Agencia Europea del Espacio (ESA), se han encargado de los suministros de la estación hasta que se han incorporado al servicio las privadas estadounidenses de Orbital y de Space X, que lleva cuatro misiones con éxito hasta ahora (con sus naves Dragon lanzadas en los cohetes Falcon 9), de las 12 contratadas con la NASA por un importe de 1.600 millones de dólares (1.255 millones de euros).

No es ni mucho menos el primer sector espacial en el que entra la industria privada como pleno responsable (además de los tradicionales contratos para construir las misiones de las agencias). Los satélites de comunicaciones y los de observación de la Tierra, además de los lanzadores, son ya actividades económicas habituales de las empresas del sector. Pero la NASA ha dado un paso más con su Programa Comercial de Carga y Tripulación. Con Space X y con Boeing ha firmado recientemente contratos para que desarrollen las cápsulas tripuladas Dragon y CST-100, respectivamente, “con el objetivo de terminar con la dependencia de Rusia [para el transporte de astronautas] en 2017”, según ha declarado la NASA.

Estos acuerdos llegan tras largos debates sobre la garantía de la seguridad de los mismos astronautas en naves que no serán directamente responsabilidad de la NASA y mucho ha influido en el paso dado el éxito alcanzado hasta ahora por los cargueros automáticos de Space X y Orbital, que han demostrado la capacidad tecnológica de esas empresas. Así, el accidente de Orbital de esta semana es un serio contratiempo.

Además, la NASA está desarrollando su propia cápsula Orion, que debería volar también en 2017 (sin astronautas) y en 2020 o 2021 ya tripulada astronautas y lanzada con un nuevo cohete superpotente que está desarrollando la agencia: el SLS. “La Orion es el primer componente de exploración humana más allá de la órbita terrestre y será capaz de mantener una tripulación durante 21 días en el espacio y traerla sana y salva a la Tierra”, afirma la NASA, que cuenta para este programa con la colaboración de la ESA. Lo que no está claro –o concretado con la financiación adecuada para un programa de tales características- es el siguiente paso después de ese “primer componente”. Tras la cancelación del programa de los transbordadores espaciales y del programa Constellation de nuevos lanzadores que se puso en marcha durante la administración Bush, varios informes independientes han considerado que el programa tripulado de la NASA adolece de una estrategia clara con objetivos bien definidos y medios adecuados para alcanzarlos.

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